PROLOGO.-

“Gaia” es el nombre que los griegos daban al dios de la Tierra. La Madre Tierra o Gaia es por lo tanto el mundo donde vivimos y a la que tenemos que cuidar para que podamos seguir existiendo. He conocido el lugar donde habitaron los dioses en tiempos lejanos, y he presentido su presencia y la fuerza que tiene ese lugar. Está situado en las faldas del monte Irago muy cerca de la famosa Cruz de Ferro y su nombre es Foncebadón, una pequeña aldea que guarda un gran secreto.

Lo único que recuerdo es calor y sufrimiento. Al aire le cuesta entrar en los pulmones del esfuerzo por pedalear, la sangré parece que deja de regar los músculos por la intensa subida y cuando parece que no vas a poder llegar y esta todo perdido, ella aparece en un lado del camino. Entre piedras viejas y maderas antiguas te tiende la mano y te invita a entrar en ella. Su interior…oscuro, calido, matriarcal, como la Única que es. Allí, te alimenta, sanas tus heridas, y tomas el descanso reparador…allí en un rincón olvidado, cerca de donde habitaron los dioses la encontré…encontré a “La Gaia”.

BUEN CAMINO a todos.

 

2ª Parte.- La Gaia (de Villalón de Campos a Cacabelos)

 

Villalón de Campos – Puente Villarente.- (día 16 de agosto)

 

Salimos de Villalón de Campos a eso de las 7.00 horas despidiéndonos de nuestro nuevo amigo “El Lejía” con dirección a Santervás de Campos, último municipio de la provincia de Valladolid. Todavía en esta zona, los caminos son rectos y largos sobre todo muy largos, pedalada tras pedalada, vemos pasar los kilómetros que van  haciendo Camino, como diría aquel y que gracias a Dios nos van acercando a nuestro próximo destino.

 

Antes de entrar en el municipio de Santervás de Campos, ya sabemos que nos aproximábamos a él gracias a la silueta de su imponente iglesia, que ha sido objeto de portada de revista y de póster turísticos en más de una ocasión.

Esta obre de arte mudejar – castellano, esta dedicada a los santos S.Gervasio y Protasio y es del siglo XII.

Recuerdo que para que nos pusieran el sello en la credencial nos acercamos al albergue del peregrino, el cual constaba de dos plantas y estaba en perfectas condiciones, tanto de uso como de equipaciones. (Cabe destacar  las mantas que perfectamente dobladas en las camas había, y que eran no eran otras, que aquellas que muchos de nosotros habíamos visto en más de una ocasión cuando hicimos la “mili”…marrones con un par de líneas beige clarito y que con solo verlas ya te empezaba a picar todo de los ásperas que eran….pero mira que han salido buenas las jodias…siguen existiendo.)

Dejando  atrás  a Santervás, no os podéis hacer una idea la ilusión que nos hizo pasar el cartel que delimitaba la provincia de Valladolid con la de León. Recuerdo que debia ser mediodía  y que el sol ya calentaba de lo lindo. Estábamos a la altura de Arenillas de Valderaduey por la carretera de Mallorga a Sahagún  ya que nos habíamos desviado por que queríamos pasar por un pequeño pueblo en concreto y cuando nos quisimos dar cuenta la bicicleta estaba en León y el carro en Valladolid.

Supongo que fue casualidad, pero cuando nos detuvimos para realizar la foto de rigor, nos dimos cuenta que justo enfrente del cartel del limite de provincias, al otro lado de la carretera, había un camino de los cuales denominados “de entre fincas” y que curiosamente se adentraba entre los campos de labor con dirección a una chopera o a una alameda.

Tanto mi compañera Itxu como yo lo supimos desde el primer momento…camino rural…chopos…sombra…río…agua…al agua patos.

Nos adentramos por el camino no más de doscientos metros y os podemos asegurar que para nosotros fue como descubrir el paraíso.

En medio de chopos, álamos y unas orillas tapizadas de verde, allí nos estaba esperando el río Cea. Recuerdo que lo primero que hicimos fue quitarnos las botas de montar y los calcetines y meter los pies a remojo, para después contemplar aquel “oasis”.

Desde luego era un buen comienzo para adentrarnos en tierras leonesas.

 

Dejando atrás nuestro pequeño “Paraiso” y no se si por la curiosidad o por las ganas de llegar en algún momento a tierras gallegas, nos habíamos desviamos para pasar por un pequeño pueblecito, Galleguillos de Campos. Pertenece a la provincia ya de León y es como cualquier otro de la zona pero con la particularidad y según la información que disponíamos, que fue fundado por personas que vinieron de tierras gallegas y que através del Camino de Santiago, fueron teniendo relaciones comerciales con estas tierras, de ahí su nombre… Galleguillos de Campos.

Por fin llegamos a unos de los enclaves más importantes de nuestro camino y de nuestra aventura, estamos casi en el ecuador de nuestro recorrido y llegamos la localidad leonesa de Sahagún. Para que os hagáis una idea, este enclave es don de se une el Camino de Santiago de Madrid con el Camino de Santiago denominado Frances. Para nosotros es un logro importantísimo el haber llegado desde Pinto hasta este enclave tan característico en el peregrinaje a Santiago.

Como decía Itxu…”si hemos llegado al Camino Frances, ahora seguro que llegamos a Santiago”…

Uno de los primeros sitios que vimos en Sahagún fue el Santuario de la Peregrina del siglo XIII. Aunque solo lo pudimos ver por fuera, ya que están realizando a la edificación una importante rehabilitación, el santuario es impresionante.

Sahagún es una localidad en la que se podría estar todo un día entero viendo sus monumentos y su historia, pero como os podéis imaginar, cuando la ciudad te pilla de paso, es poco el tiempo que dispones para visitarla.

 

Otro de los lugares de “gran” interés, que visitamos, está al lado del ayuntamiento de Sahagún en donde nos sellaron la credencial esta vez. Una pequeña tienda de embutidos leoneses donde compramos provisiones para el almuerzo y donde a más de uno se nos callo alguna que otra lagrima al abandonar las cecinas, quesos, lomos, botillos, morcillas, …hay que pena penita pena.

 

Acongojados por la pena y deseando que llegue la hora de comer, nos alejamos de la ciudad de Sahagún. El camino la verdad es que es un autentico placer ya que  es un camino llano, paralelo a una carretera con poco trafico y balizado por árboles que se pierden en el horizonte, estamos en la Calzada del Coto.

Este camino nos llevará desde Sahagún hasta Puente de Villarente, localidad donde tenemos prevista la estancia en el albergue de peregrinos.

 

Los kilómetros van pasando y las horas de más calor las tenemos encima, con lo cual decidimos pararnos a comer en el pueblo del Burgo Ranero, habiendo dejado pasar otro pueblo con renombre en el camino, Bercianos del Real Camino.

 

Llegamos al Burgo a eso de las 15.00 horas y con casi 38 grados, teniendo las viandas encima, lo único que nos faltaba era un par de litros fresquitos de nuestro ya inseparable Tintito de Verano. No recuerdo bien el nombre de la tienda de comestibles donde compramos las bebidas, pero lo que si recuerdo es que tenía a la puerta una especie de jardines de verde, los cuales hicieron las veces de mesa, mantel, y catre para después de la comida.

 

Del bendito momento de la comida, solo recuerdo una cosa, un pan candeal de casi 30 cm de diámetro, lleno de cecina y de queso curado de cabra de las montañas leonesas… ¿qué se puede contar del pecado?…nostra culpa…mejor que contar el pecado, es mejor verlo…no nos arrepentimos de nada…aleluya.

 

Después de la comida, un par de cafetitos con hielo para despejarnos y de vuelta a dar pedales. Ya no nos queda nada pero aún así, hay que continuar. El camino sigue siendo una carretera asfaltada acompañada siempre por el mismo camino de tierra y una hilera interminable de árboles jóvenes. Los pueblos se van sucediendo al ritmo de las pedaladas y del calor estival, Villamarco, Reliegos, Mansillas de las Mulas, Mansilla Mayor, Villamoros de Mansilla, unas poblaciones las atravesamos y otras las vamos dejando a un lado.

Llegamos a nuestro destino, entremos a la localidad de PuenteVillarente con más calor que cansancio, atravesando el río Porma por encima de un puente…supongo que de ahí el nombre del pueblo.

La verdad que es una gozada, pues las riveras del río  están acondicionadas para ser utilizadas como playas naturales cubiertas de verde. Ni que decir tiene que acabamos bañándonos en las aguas del Porma.

Nada mas pasar el puente, justo a la entrada de la localidad, hay un hostal de carretera en el cual paramos para tomar algo fresco y decidir donde íbamos a dormir esa noche.

Hablando con la persona que nos atendía, nos preguntó que si íbamos buscando albergue de peregrinos para pasar la noche. Nosotros la dijimos que si, y nos contó, que aunque ellos eran un hostal de carretera, en una zona cercana tenían un albergue del peregrino para aquellas personas que recorrían el camino.

 

El pago por pasar la noche era de 5€ por persona y la verdad que el albergue no estaba nada mal. Constaba de dos zonas de literas separadas con baños independientes, uno para cada zona. Un patio con una zona cubierta, en el cual se podía preparar la comida, lavar la ropa tenderla, etc.

Por supuesto nos quedamos en dicho albergue, teniendo como vecinos, a un padre y un hijo de Irún, dos señoras inglesas y un chico, que no se muy bien de donde venia.

 

Nosotros sacamos todos nuestros trastos, nos duchamos y cambiamos de ropa, nos preparamos las cena, y después de reponer fuerzas y de tomarnos un té a la luz de la luna, decidimos que ni literas, ni habitación, lo mejor y para no molestar a nadie, tiramos los sacos debajo de la zona cubierta, nos lavamos la boca y a dormir mirando las estrellas.

Supongo que alguno de vosotros habréis hecho vivac (dormir al aire libre sin tienda de campaña, solamente metidos en el saco) alguna vez, pero por si no lo habéis hecho, os lo recomiendo, pues la sensación de “apagar la luz” y solamente ver un “Campo Estelar” es inimaginable.

“…Itxu estas despierta…..……..supongo que ya no……..buenas noches de todos modos que descanses.”.

 

Puente Villarente – Astorga.- (día 17 de agosto)

 

La mañana, para algunos, comenzó a eso de las 4.00, ya que los peregrinos que van pie suelen levantarse  a esa hora para salir al camino a eso de las 5.00 o 5.30 horas. Nosotros como buenos “bicigrinos” nos levantamos a las 6.00, para que entre que te aseas, preparas el desayuno y recoges puedas estar en el camino a eso de las 7.00 ó 7.30 horas.

 

La ruta prevista para el día era de unos 70 kilómetros, Puente Villarente  – Astorga, y teniendo en cuenta las localidades por las que íbamos a pasar, seguro que nos saldrían algunos más.

 

Cuando llegamos a Puente Villarente, recuerdo que hable por teléfono con el “Tío Santa” y estuvimos comentando que  las bicicletas muy bien, que nosotros bien tambien y que el viaje era una maravilla, etc., las cosas que sueles comentar cuando hablas con un amiguete estando de viaje. Recuerdo que comentamos que no habíamos pinchado ni una sola vez y que después del “porrón” de kilómetros que llevábamos nos parecía alucinante…

¿Sabéis eso de… “no quieres una taza…pues toma dos”… Estábamos saliendo de Punte Villarente dirección León, se me viene a  la memoria una subida que creo recordar se dividía en dos o tres tramos, estábamos entrando a un pueblecito llamado Arcahueja, el cual bien se le podía considerar un barrio de las afueras de León, cuando la rueda trasera de la bicicleta de Itxu empieza a hacer ese ruido inconfundible a hueco…para que se me habría ocurrido decir a Santa que no habíamos pinchado todavía…

El la Plaza del Peregrino, de Arcahueja , la verdad que el nombre de la plaza nos venia al pelo, tuvimos nuestro primer pinchazo con casi 400 kilómetros en las ruedas, nunca mejor dicho.

 

Para nosotros, la llegada a cualquier pueblo o capital de provincia era un triunfo.

La llegada a Cercedilla fue un reto, la de Segovia fue emocionante, y la entrada a León fue…la leche.

Recuerdo que lo primero que quería hacer era que nos sellaran la credencial en la catedral y que Itxu viera las vidrieras góticas de la misma, pues son una autentica pasada. Fue Itxu la que entró a la catedral y yo me quede cuidando las bicicletas. En aquel momento, y aún ahora, me sigue pareciendo una hazaña que hubiéramos sido capaces de venirnos desde Pinto hasta León con nuestras bicicletas.

Sé que hay otras personas que lo han hecho, y que se han dado la vuelta al mundo en bici, pero para mi, para nosotros, ha sido nuestro logro particular y del cual estábamos y estamos orgullosos.

 

Sin lugar a dudas y después de hacernos las fotos delante de la catedral, en León hay otro sitio de casi obligada visita, la plaza de San Marcos con la consabida foto en la entrada del parador de San Marcos, yo me hubiera tomado muy a gusto un cafetito en el parador, pero entre que no podíamos pasar las bicicletas y que no llevábamos una indumentaria consecuente con el lugar, optamos por tomárnoslo en una terraza de las calles adyacentes a la plaza.

Después y como no podía ser de otra manera, hicimos acopio de provisiones en un mercadillo de puestos ambulantes, donde una de las mayores estrellas era de nuevo, el morcón, el lomo, la morcilla curada y por supuesto la cecina, ya fuera de vaca o de caballo.

 

Llegamos a Astorga a eso de las 16.00 horas (os recuerdo eso de… “no quieres una taza…toma dos…”) y para colmo volvemos a pinchar, esta vez yo, los dos únicos pinchazo que tuvimos en todo el Camino de Santiago. Menos mal que fue la rueda del carro, pero aún así, entre la hartura de dar pedales y que no avisamos comido todavía, no estaba yo para estar dando vueltas por las calles buscando albergue.

Itxu se fue a buscar la piscina municipal para darnos un chapuzón, resultando que la piscina estaba en el otro lado de la ciudad, por lo cual me negué en rotundo a moverme de donde estábamos, y decidimos echar mano a técnica y a los buscadores de los móviles, para que nos encontrará un sitio para poder descansar y pasar la noche en la ciudad.

No os quiero decir lo que soltó mi compañera por la boca, después que se fue a buscar la piscina y la dije que no me apetecía  moverme de donde estábamos. (En ese momento, al borde de una avenida, arreglando la rueda pinchada y con un calor y un apetito capaz de comerme cualquier cosa.

 

Jooooooder…el hotel que nos busco la técnologia…cutre…cutre…cutre, y eso que de nombre no estaba mal, pero me “cachis en la mar”…CUTRE.

No voy a dar nombres, para que no digan, pero solo comentare que el nombre del hostal tiene relación con las tierras a donde nos dirigíamos…con eso basta.

 

El precio…una pasta.

Los pasillos como en un hotel de los años 60…con lo cual la moqueta también…

Las cortinas de las bañeras…de las mejores para la recolección de moho, e inclusive champiñones.

Los rollos de papel higiénico por triplicado…eso si, todos empezados.

Los colchones no quisimos ni mirar…

Por lo menos las sabanas parecían limpias, y eso si…lo mejor, las jarras de tinto de verano, al mismo precio que una simple caña de cerveza.

 

La comida la hicimos directamente en la habitación del hotel con las viandas compradas en el mercadillo de León, teniendo cuidado de que no se cayera nada al suelo, ya que estábamos seguros que si algo se caía a la moqueta, aunque no fuera comida, desaparecería de nuestra vista a lomos de una ingente avalancha de ácaros, los cuales lo esconderían en lo mas recóndito de sus madrigueras “moquetiles”.

 

La tarde aprovechamos para darnos una vuelta por la ciudad y podernos deleitar con la catedral de Astorga y con el Palacio de Gaudi, y el final de la misma, pasó rápido entre tinto y tinto de verano y el picoteo de la cena, dando la bienvenida a la noche, la cual pasó deprisa ya que teníamos que estar descansados para lo que nos esperaba al día siguiente.

 

Antes de dormir y sin decir nada a Itxu, recé un par de “Padres Nuestros” para que tuviéramos nuestras bicicletas en el mismo sitio donde las había guardado, ya que era como un medio taller de motos y garaje en construcción perteneciente al hostal, y en el cual aun estando bajo llave, tuve que poner los candados “por si acaso”  según me dijo la persona encargada del mismo.

 

 

Astorga – Cacabelos.- (día 18 de agosto)

 

Salimos de Astorga casi de noche, no sé si serian cerca de las 6.00 ó 6.30 de la mañana, cuando nos pusimos a dar pedales, pues la ruta era de las más duras que nos esperaban en el Camino.

La primera parada que hicimos fue en el bonito pueblo maragato de Castrillo de Polvazares. Para los que no lo conozcáis y para que os hagáis una idea, os diré que es como Patones de Arriba, pero completamente rehabilitado.

A estas horas de la mañana, nuestra única compañía fue un perro mastín que tumbado en la mitad de una de las calles, nos miraba como diciendo… “donde irán estos dos a estas horas”… y que cuando nos fuimos, se seguía relamiendo del par de madalenas que le habíamos dado mientras le acariciábamos.

Este municipio tan singular y famoso por su Cocido Maragato, cuenta con algunos de los mejores restaurantes en esta especialidad, teniendo una lista de espera para comer, de casi un año de antelación.

Santa Catalina de Somoza, El ganso con su famoso mesón CowBoy (donde por cierto me enteré que había perdido el Real Madrid contra el Barsa mientras nos tomábamos un café en una mesa de madera a “banco corrido”, Rabanal del Camino con el precioso albergue de Isabel, son pueblos y gentes que fuimos pasando y que sigo recordando como si fuera ayer mismo.

 

Llevábamos subiendo casi 25 kilómetros  desde Astorga y un poco menos desde Castrillo de Polvazares, la verdad que la subida aunque larga, (pero que muy larga), se hace bien, ya que el firme para subir con bicicleta y carros se hace por una carretera asfaltada de segundo o tercer orden y donde los coches poco más son una ilusión óptica.

En su día, antes de comenzar el Camino, Itxu me comento que si alguna vez lo hacíamos, me tenía una sorpresa guardada, pero con el tiempo transcurrido, todo lo que estábamos viendo y demás, ni me acordaba de sus palabras. Lo cierto que en algún momento dado, desde comenzamos la salida de Astorga, quizás algún día antes, la veía continuamente con los libros de las rutas, los mapas, el GPS, etc. dando vueltas de aquí para allá, pendiente de cuanto subíamos, o por donde íbamos.

 

Durante la subida y como es su costumbre se puso detrás mío y me dejo tirar, subida tras subida, cuesta tras cuesta, kilómetro tras kilómetro fuimos apretando los dientes y cerrando como se suele decir …”el culito” para seguir dando pedales. Quiero que penséis, que aparte del peso de las bicicletas, entre 12 y 14 kilos, llevábamos cada uno un carro que aproximadamente pesaba 20 kilos con carro incluido, y a todo esto el peso propio de cada uno de nosotros. (En mi caso 12 + 20 + 85 y en el de Itxu 14 + 20 +50)

Curiosamente cuanto más arriba estábamos, yo más abajo me encontraba pero Itxu todo lo contrario…se la veía como más…”suelta”.

La verdad que era digno de vernos. Al comienzo de la subida conocimos a dos parejas que los chicos eran catalanes y las chavalas italianas y que habían salido desde León, también había dos o tres parejas más de chavales que nos los fuimos encontrando por el camino y que al comienzo de la subida a la Cruz de Ferro coincidimos. Tengo que reconocer que al principio te sientes un poco plofff, pues te pasan hasta los que van andando. Nos pasaron las italianas, los catalanes, otras dos parejas más, incluso una pareja con un tandeen y que iban como si fueran de paseo.

Hay un dicho entre los que montamos en bicicleta de montaña que es que… “para llegar a la cima de la montaña como un joven, hay que subir como un viejo”…y que razón tiene.

 

Yo os puedo decir que durante la subida, no pasaríamos de 10 kilómetros por hora en ningún momento, pienso que subiríamos entre 7 y 9 kilómetros a la hora y que como prisa no teníamos y viejos no somos pues lo mejor que se podía hacer era dar pedales sin importarnos ni nada ni nadie.

Curiosamente, todos aquellos que nos fueron pasando, nos los íbamos encontrando en la subida a los lados de la carreterilla, unos quitándose ropa, otros bebiendo agua, otros mirando el cambio o los frenos, pero eso si, todos nos miraban y más que a nosotros a los carros.

 

En un momento dado, y casi llegando a la parte alta, a Itxu se le ilumino la cara y me dijo que mirara a mi izquierda, y entonces lo ví…estábamos en el pueblo leones de Foncebadón, en las faldas del monte Irago, donde en otros tiempos habitaron los dioses antiguos.

En ese lugar perdido de la mano de Dios estaba la aldea Celta o Cantabra más bonita que recuerdo, y por su puesto…la Gaia, la Taberna La Gaia.

La Gaia es una taberna situada en un complejo de payozas y casas de piedras, al más puro estilo montañes. Su decoración. Así como todas las personas que la regentan (Una Familia) vestidos como antaño y con los platos típicos de la zona y de épocas pasadas.

 

Entonces me di cuenta, cual era la sorpresa que mi compañera me quería dar. Había merecido la pena, el esfuerzo y las penurias de la subida. Ha sido y será, el mejor tercio de cerveza que me he tomado con mi compañera Itxu desde que la conocí.

(No recuerdo si en algún momento la di las gracias por ese detalle, pero como nunca es tarde cuando la dicha es buena, muchas gracias Itxu por ese momento, por tu compañía y por haberme dejado ser tu compañero de aventuras en este nuestro Camino de Santiago…bueno dejemos de recordar momentos pues para ponernos “ñoños”, los hemos tenido a montones, y ya os los iré contando.)

 

 

 

 

 

Después del merecido “tercio”, nuestra siguiente parada fue la sublime, la ínclita, la altiva Cruz de Ferro. Según nos contó el regente de la Taberna Gaia, la tradición de dejar una piedra al lado de la cruz, no era de muy antiguo.

Nos contó que la zona donde esta situada la cruz, es decir en la parte alta del monte Irago, era un lugar donde las energías telúricas eran notadas desde la antigüedad tanto por druidas, , y de ahí que se dijera que era el lugar donde habitaban los dioses, en concreto Gaia, la diosa de la Tierra o la diosa Tierra. Probablemente en la antigüedad, en vez de una cruz habría habido un dolmen, o un círculo de menhires, los cuales podrían tener relación con la costumbre de dejar una piedra al paso por la cruz.

Si me preguntaran que color pondría a los sitios por los cuales hemos pasado lo tendría claro…Castilla color amarillo, amarillo por su tierra, por su agricultura, por su sol, Galicia color verde, verde por su vegetación, por su clima, por su mar, y León color rojo, rojo por tierras rojizas, rojo por su carnes y sus embutidos y rojo también por las cruces templarías que conviven con nosotros en la actualidad.

 

Es curioso, como después de dejar la Cruz de Ferro y meternos en una trepidante bajada en la cual hay que tener mucho cuidado con el peso de los carros pues pueden hacer perder el control de la bicicleta, podemos encontrar aldeas como Manjarín que está casi catalogada como el ultimo reducto de los verdaderos templarios.

Indudablemente ni mucho menos es así, pero que en un pueblecito en medio de la nada, en lo alto de las montañas, puedas encontrar desde monedas templarías, a pañuelos, o camisetas y cuchillos ó espadas con el símbolo del temple, y todo esto dirigido por un individuo que bien podría haber salido de una hacienda templaría, es cuanto menos…peculiar.

 

Volvemos a dejar atrás municipios como el bonito pueblo de Acebo,  y su desvío al pueblecito de Compludo, donde existe una antigua herrería que en la actualidad sigue funcionando como antaño.

Está claro que cualquier sitio es bueno para comer cuando se llevan casi 15 kilómetros de bajada teniendo cuidado de que el carro no te vuelque por la velocidad y el peso, cuando hace un calor asfixiante, cuando llevas poco agua y si además de todo esto,  se tiene hambre, y te encuentras en un sitio con agua abundante, un río para bañarte, y un par de tiendas con buenos comestibles y buenas bebidas, es  mucho mejor. Eso quiere decir que has llegado a MolinaSeca.

Molina Seca fue el pueblo en que decidimos parar a comer. Es un pueblo muy agradable con un bonito puente de piedra y sobre todo con un río y con unas orillas de mismo que te invitan al baño y al descanso. Comimos en la orilla después de darnos un buen chapuzón junto a un montón de gente que utiliza dichas orillas como playas naturales. Hay un par de restaurantes pegados a las orillas con mesas y sillas que nada tienen que envidiar a cualquier restaurante de cualquier paseo marítimo de la costa.

 

Después del consabido café con hielo, nos pusimos de vuelta en marcha, y esta vez para ver unas de las localidades templarías por excelencia…Ponferrada.

De Ponferrada solo puedo decir una cosa… ¡quiero un castillo templario como ese para Pinto¡ Pedazo de castillo. Ni que decir tiene que  en esta localidad nos hicimos dos fotos que no podían faltar, una en el puente del castillo y otra junto a la estatua de los caballeros templarios en la Plaza de la Encina.

 

El camino de Ponferrada hasta Cacabelos, se nos hizo eterno, ya que por no ir dando un rodeo nos metimos por una carretera que comunica polígonos industriales  y pueblos que se hace eterna. Cuatro Vientos, Fuentes Nuevas, Camponaraya, son pueblos prácticamente separados por una sola calle ó una avenida que da la sensación  de ser una sola población.

El tráfico, no os lo podéis ni imaginar, pues siendo día de diario y la hora de salir de las empresas, lo único que había era coches y camiones en todo el trayecto.

 

Bueno por fin llegamos a nuestro destino a la localidad  y villa del Bierzo,  Cacabelos.

Cacabelos, es una villa con un encanto especial, tiene un río, el Cúa que tiene una zona de baños maravillosa, la cual no pudimos probar, ya que llegamos bastante tarde y nos interesaba llegar cuanto antes al albergue municipal para conseguir sitio.

El albergue está situado en el Santuario de la Quinta Angustia y es una pasada. Tiene una capacidad para unas 150 personas divididas en camaretas individuales de dos en dos. Las instalaciones de las mejores, pues aparte de las duchas y los aseos, tiene una zona de lavaderos y fregaderos, zona de mesas y bancos, tendederos, e inclusive un vigilante para por la noche.

Por contar una anécdota curiosa…, a la entrada del albergue, te piden los datos y la credencial y por supuesto te preguntan que de dónde eres. Recuerdo que cuando nos lo preguntaron, dijimos que veníamos de Pinto, pusieron una cara como de no saber cuál era la población,…pero…no tuvimos ningún problema… “somos del Pueblo de Alberto Contador, y “coño” se dijeron las palabras mágicas… ah…claro del pueblo de Contador el ciclista…ahora ya sabemos…

Está claro que no hay nada mejor que la fama para abrir puertas, aunque no sea la propia.

 

Hay que decir que después de la paliza del día dando pedales, subidas tras subidas y bajadas tras bajadas, nos hubiéramos quedado un par de días en el albergue, pero  como suele pasar, el camino sigue y nosotros a estas alturas, teníamos que seguir al día siguiente, porque  nos gustara o no, ya formábamos parte de él, de nuestro propio Camino de Santiago.

Buen camino.

“Prensa para hacer vino”

 

Próxima entrega…

3ª Parte.- El campo Estelar (de Cacabelos a Santiago de Compostela)

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